El primer Palacio de los Deportes de Bad Gyal llegaba con una expectativa concreta: después de varias apariciones en festivales —desde el extinto Ceremonia hasta su paso más reciente por el Flow Fest—, muchos se preguntaban si la catalana estaba lista para sostener por sí sola un recinto de ese tamaño y si la producción estaría a la altura de lo que su música ya había generado.
Más cara de por vida
La noche arrancó con Sayuri y Sopholov, un dúo que desde el primer tema dejó claro que tiene una energía enorme y una convocatoria bien trabajada. Probablemente podrían llenar un Teatro Metropólitan sin mucho esfuerzo. Han generado mucho ruido y llamado la atención en los últimos dos años, pero todavía cargan con un potencial enorme que no termina de explotar del todo.
Afortunadamente, durante el concierto anunciaron que están trabajando en un disco nuevo y soltaron una probada de ese material, el cual se aleja un poco del reggaetón más directo y se acerca a texturas más electrónicas. Ojalá eso sea lo que lo necesario para despegar de una vez y convertir esa atención en algo más sólido.
Bad Gyal salió a escena alrededor de las 20:20. Lo primero que se notó fue la producción, la cual dejó un poco que desear en varios frentes, especialmente en iluminación y visuales, aunque la presencia escénica de la catalana compensa buena parte de esas carencias.
Lo segundo es que se le ve el cariño real por el público mexicano; pues este fue el primer país fuera de España donde pudo tocar y se nota que lo agradece de verdad. El Palacio de los Deportes estaba a un 60% de su capacidad al inicio, suficiente para que el lugar se sintiera lleno y para que el ambiente prendiera desde temprano.

Bad Gyal en el Palacio de los Deportes
Detrás de ella hay un equipo sólido, especialmente por los bailarines. Por eso llamó la atención la falta de detalles en el escenario: el espacio limitado y una iluminación bastante básica no dejaron que el cuerpo de baile brillara como podría.
Como show fue deficiente; como concierto fue espectacular. El fuerte de Bad Gyal es su música y eso pesa mucho, aunque no siempre alcance los estándares de producción que se esperan en el pop y ahora el reggaetón. La gente cantó cada canción de arriba abajo. Incluso el material del disco nuevo recibió una respuesta entusiasta. Fue una fiesta total, con el público respondiendo sin reserva.
Resulta curioso el contraste: el concepto de su nuevo show y su disco apuntan a lo caro y la realidad es que la producción fue barata. Bad Gyal es una artista que no necesita más para funcionar, pero sí merece más. Más producción, más oportunidades, más alcance. Tiene un repertorio sólido, hit tras hit, algo que pocos artistas pueden presumir con tanta naturalidad y sin relleno.
Al final queda la sensación de haber visto a una artista con un catálogo potente y un público que la sigue de verdad, atrapada todavía en una producción que no está a la altura de lo que ya es capaz de generar en el escenario.
El Palacio no se sintió vacío, pero tampoco se sintió como el gran salto de producción que muchos esperaban después de los festivales. La música y el cariño del público hicieron el trabajo; el resto todavía tiene espacio para crecer.
Fotos por Lau Villegas, cortesía de OCESA.

