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Música que cruza fronteras y una industria que aún las dibuja: BTS y su decisión de no presentar su música a los Grammy 2027
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Música que cruza fronteras y una industria que aún las dibuja: BTS y su decisión de no presentar su música a los Grammy 2027

BTS tomó una de las decisiones más significativas de su carrera: no presentar su música en los premios más prestigiosos de la música: Los Grammy. En un mundo que todavía insiste en dibujar fronteras, la música lleva décadas demostrando que no las necesita para conectar a las personas. Por eso, la conversación alrededor de los Grammy y de la manera en que la Academia decide quién merece ser reconocido ha tomado más relevancia estas últimas décadas.

La creación de una nueva categoría para la música asiática ‘Mejor interpretación de música pop asiática’ en estos premios reabrió este debate: a primera vista, la iniciativa parece un avance donde se reconocerán a artistas que durante décadas han estado subrepresentados en una de las premiaciones más influyentes del mundo. Sin embargo, la decisión de BTS de no presentar su álbum para la edición de 2027 ha puesto sobre la mesa una pregunta un poco más profunda:

¿Qué ocurre cuando la inclusión deja de ser un puente y comienza a convertirse en otra barrera?

El principal cuestionamiento no gira en torno a la existencia de una categoría dedicada a la música asiática, sino al criterio con el que fue creada. Los Grammy han organizado históricamente sus premios según géneros musicales como pop, rap, rock o country, categorías que distinguen estilos y características sonoras. En cambio, la nueva categoría agrupa a artistas de K-pop, J-pop, C-pop y otros estilos únicamente por compartir un origen geográfico.

Este cambio implica que artistas con propuestas completamente distintas competirán entre sí no por el tipo de música que producen, sino por su procedencia. Lo anterior da como resultado una clasificación que deja de responder a criterios artísticos para basarse en la identidad de quienes crean la obra. En otras palabras, la pregunta deja de ser ‘¿qué música haces?’ para convertirse en ‘¿de dónde vienes?’.

Cuando la música dejó de tener fronteras

Creemos que parte de esta discusión tiene que ver con la transformación de la industria musical como consecuencia de la globalización. Hoy tenemos acceso a artistas, géneros y propuestas provenientes prácticamente de cualquier parte del mundo.

Durante años, Estados Unidos tuvo una posición dominante dentro de la industria global y era habitual que los principales reconocimientos estuvieran concentrados en artistas estadounidenses o de habla inglesa. Pero ese escenario ya no existe de la misma manera.

La música dejó de tener fronteras tan claras. Un artista puede cantar en coreano, español o italiano y construir una audiencia internacional sin necesidad de abandonar su idioma, siendo Shakira y Laura Pausini ejemplo de esto. El público también cambió: ya no depende únicamente de las grandes disqueras o de la radio para descubrir música. Spotify, YouTube y TikTok han hecho posible que una canción se vuelva reconocida en cuestión de días.

Y quizá eso es precisamente lo que está haciendo incómodas a instituciones como los Grammy. La industria cambió más rápido que las instituciones encargadas de reconocerla.

Cuando una etiqueta empieza a definir al artista

Uno de los problemas más notorios es la manera en que seguimos utilizando etiquetas para clasificar a los artistas. Los Grammy dividen sus categorías por géneros musicales como pop, rap, rock, country y R&B. Pero también consideran la identidad de los artistas al momento de percibir y clasificar su música. Una vez que colocan a un artista dentro de determinada categoría, parece difícil que escape de ella, incluso cuando decide experimentar con otros sonidos.

El caso de Justin Bieber con Changes (2020) también permite observar cómo las etiquetas pueden influir en la manera en que se percibe la identidad artística de un músico. Cuando el álbum recibió cuatro nominaciones a los Grammy de 2021, todas dentro de categorías de pop, Bieber manifestó públicamente su desacuerdo con la clasificación y explicó que había concebido Changes (2020) como un proyecto de R&B, señalando elementos como sus acordes, melodías, estilo vocal y baterías influenciadas por el hip-hop.

Otro ejemplo es el de IGOR (2019) de Tyler, The Creator. En 2020 fue nominado y ganador de la categoría de Mejor Álbum de Rap. El disco apenas y tenía canciones del género, siendo prioritario el R&B y hasta soul y pop.

Más allá de quién realizó la inscripción inicial del proyecto, lo interesante del caso es la discusión que abrió el propio artista: ¿hasta qué punto una etiqueta puede terminar definiendo la manera en que se interpreta una obra? Si un músico decide explorar un género distinto al que históricamente se le ha asociado, ¿debería su trayectoria anterior influir en la categoría en la que se reconoce su trabajo? La música cambia constantemente, pero nuestras categorías no siempre parecen hacerlo al mismo ritmo.

Beyoncé también ha construido gran parte de su carrera alrededor de esa ruptura de etiquetas. Cowboy Carter (2024) exploró country, R&B, gospel, blues y otros géneros. En 2025 ganó el Grammy a Mejor Álbum Country Contemporáneo. A partir de 2025, la Academia dividió la categoría de álbum country en dos: ‘Contemporary Country’ y ‘Traditional Country’. La propia existencia de estas modificaciones demuestra que los géneros no son estructuras inmóviles: cambian a medida que cambia la música.

¿Representación o una nueva frontera?

En este contexto aparece el caso de BTS y la nueva categoría de ‘Best Asian Pop Music Performance’. A primera vista, crear un espacio específico para artistas asiáticos parece una decisión positiva. Después de todo, si históricamente han tenido menos oportunidades de reconocimiento, ¿por qué no crear una categoría que permita visibilizarlos?

El problema aparece cuando observamos qué tienen en común los artistas que competirían allí: no necesariamente el género, sino su procedencia.

En cambio, nos resulta difícil imaginar una categoría llamada ‘Best European Pop Performance’ o ‘Best North American Pop Performance’. Nadie propone que artistas británicos, estadounidenses y canadienses compitan entre sí únicamente por compartir una región del mundo. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cuando el K-pop, el J-pop, el C-pop y otras industrias musicales profundamente distintas son agrupadas bajo una misma etiqueta geográfica.

La paradoja es muy clara. En un intento por reconocer la diversidad asiática, la Academia termina reduciendo un continente entero a una sola categoría. Como si Asia fuera un único sonido, industria o identidad cultural, el K-pop, el J-pop y el C-pop pertenecen históricamente a públicos y modelos de producción diferentes. Lo que se presenta como representación también puede leerse como una simplificación incoherente de una diversidad inmensa.

Esta discusión tampoco es nueva. La industria musical ha enfrentado debates similares en el pasado. La creación de los Latin Grammy permitió reconocer la riqueza de la música en español y portugués, pero también dio paso a cuestionamientos sobre si los artistas latinos estaban siendo celebrados en un escenario paralelo en lugar de competir en igualdad de condiciones dentro de los Grammy. Al mismo tiempo, el reconocimiento de un álbum completamente en español como Álbum del Año en los Grammy demostró que el idioma no tiene por qué ser un obstáculo cuando el criterio principal es el mérito artístico.

De hecho, y como dato adicional, es curioso conocer a partir de qué momento se crearon los Latin Grammy. Este certamen tuvo su primera edición en el año 2000, tan solo un año después de un hito histórico: en la entrega del Grammy de 1999, el jalisciense Carlos Santana igualó con su disco Supernatural (1999) el récord que tenía Michael Jackson con Thriller (1984) con más premios ganados en una sola noche, con ocho preseas.

Es precisamente ahí donde se encuentra el centro del debate. La representación es necesaria cuando existen desigualdades históricas, pero también debe evitar crear nuevas barreras. Si un artista llena estadios, lidera listas internacionales y domina el mercado global, ¿por qué debería competir en una categoría separada debido a su nacionalidad? Competir en las categorías principales significa formar parte del mismo estándar artístico; competir en una categoría creada por razones geográficas implica aceptar que el origen sigue siendo un criterio de clasificación.

La decisión de BTS no puede entenderse únicamente como una protesta contra una categoría específica. También representa una postura sobre cómo debe entenderse la diversidad. El grupo ha sostenido que la música debería ser evaluada por su calidad y no por el lugar de origen de quienes la interpretan. Su rechazo invita a cuestionar si las instituciones culturales están adaptando sus estructuras a un mercado verdaderamente global.

El siguiente paso para la Recording Academy no debería ser eliminar espacios de representación, sino replantear la forma en que estos funcionan. Una alternativa podría consistir en fortalecer la diversidad dentro de las categorías principales mediante procesos de nominación y votación más inclusivos, en lugar de crear divisiones basadas en el origen geográfico. La verdadera inclusión no consiste únicamente en abrir una nueva puerta, sino en garantizar que todos puedan entrar por la misma.

Porque la inclusión pierde parte de su sentido cuando termina separando aquello que buscaba integrar. Reconocer la diversidad no significa clasificar a las personas según su origen, sino permitir que su trabajo compita en igualdad de condiciones. Cuando una categoría deja de hablar de la música y comienza a hablar de la nacionalidad de los artistas, la línea entre inclusión y segregación se vuelve mucho más delgada de lo que parece.

Como dijo RM: ‘Music transcends language’. No necesitamos hablar coreano para emocionarnos con una canción coreana, ni hablar español para sentir una canción latina. No necesitamos conocer la historia de un artista para que su obra nos conmueva.

Quizá esa sea la verdadera contradicción de la industria musical actual: el público ya aprendió a escuchar más allá de las fronteras, pero las instituciones todavía están intentando descubrir cómo reconocer una música que dejó de tenerlas.

La música cambió. El mundo también.

Ahora falta que las instituciones aprendan a escucharlo.

Texto colaborativo de Patricia Rojas (@_patriciarojas) y María Rojas (@maria_dla24).

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