Después de tres años y una carrera que ha lanzado temazos y también ha patrocinado excesos -sí, Miley Cyrus, extrañamos esa época-, The Flaming Lips regresaron a la Ciudad de México.
Con invitados como Un Perro Andaluz, Gilla Band y Sextile, y un cambio inesperado de venue del Velódromo al Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes, todo se sintió más contenido.
Algo cercano. Algo que no pasa siempre.
La producción – lo que ya es de cajón
Con sus robots, los globos, los papelitos -los fans de los Flaming Lips saben-, y el ya clásico ‘Fuck Yeah (Mexico City)‘, la súper producción llenó el venue sin pausa.
Wayne Coyne va guiando todo: canta y sostiene la energía. La bola hamster aparece otra vez, incluso después de haber estado fuera en algunos shows, y el público entra en eso de inmediato.
Yoshimi Battles the Pink Robots (2002) sigue siendo parte del corazón del set. Casi como libreto. Y aun así, siempre pega.

La gente – los que tenían que estar
Algunos dicen que hubo pocos asistentes. La sensación dentro es otra.
Fans, curiosos, melómanos. Gente que ya sabe a lo que viene y gente que lo está entendiendo en tiempo real. Todo conviviendo sin fricción.
También llamó la atención el nivel de seguridad en los accesos. Hubo reportes aislados, pero dentro del venue el ambiente se mantuvo relajado durante todo el show.
Coyne se toma su tiempo para hablar. Repite lo mucho que ama a México y deja claro que quiere seguir tocando aquí por muchos años más y nosotros, le creemos.
El clímax, al menos para mí, llega cuando empiezan los acordes de ‘Do You Realize??‘. Esa canción siempre toca fibras profundas. Cambia el ritmo del venue, baja todo un poco y lo concentra.
También tocaron un cover de Daniel Johnston, ‘True Love Will Find You in the End‘. Ahí sí, algunas lágrimas. El mood gira rápido después con un guiño a Black Sabbath.

The Flaming Lips en la Ciudad de México: lo que se queda
Siempre es refrescante ver la transversalidad de generaciones en shows así. Distintas edades, misma energía, mismo código.
La fiesta psicodélica sigue. Y sigue funcionando, 43 años después.
Fotos cortesía de OCESA.

