Bandemia se vendió como más que solo un evento, se presentaron como una alternativa a los festivales masivos, como un festival que genuinamente se preocupaba por la música, sus asistentes y su comunidad.
Sin embargo, Bandemia rompió esa ilusión de la peor manera: convirtiendo lo que debía ser un espacio de celebración musical en un caso de estudio sobre cómo la arrogancia y la improvisación pueden destruir un proyecto cultural.
¿Qué pasó en Bandemia?
El festival Bandemia 2025, realizado el 02 de agosto en Sala Urbana de Naucalpan, terminó en caos por la mala organización y las agresiones del staff. Los problemas empezaron desde el acceso: la desorganización y las demoras generaron frustración. Cuando el personal colocó vallas sin explicación, estallaron enfrentamientos. La seguridad respondió con extintores, cuyo polvo irritó ojos y causó pánico dentro y fuera del recinto.
Para quienes lograron entrar, la situación tampoco mejoró: un apagón durante el show de Macario Martínez, la falta de alimentos y los rumores aumentaron la tensión. Además, el personal impidió la salida a algunos asistentes. Bandas como Mint Field fueron abucheadas y pausaron su presentación, mientras que Grito Exclamac!ón, El Shirota y Belafonte Sensacional se negaron a tocar en solidaridad.
Los organizadores culparon a Protección Civil en redes sociales y luego en el escenario, pero testigos señalaron que el verdadero problema fue la actitud violenta del staff. Cuando Axel Novoa intentó continuar el evento con una votación forzada entre gritos y aplausos, el rechazo del público obligó a cancelarlo definitivamente.
La crisis de Bandemia
Lo más grave no fueron los errores logísticos –esperables en eventos masivos– sino la actitud ante ellos. La desinformación deliberada, el trato hostil al público y el uso de extintores como arma revelan una visión profundamente distorsionada: los asistentes dejaron de ser participantes para convertirse en obstáculos.
Cuando el staff prefiere reprimir en lugar de comunicar, cuando los organizadores piden aplausos para seguir en lugar de pedir perdón, cuando se lavan las manos y culpan a terceros de sus errores, queda claro que perdieron de vista el verdadero sentido de su festival.
La reacción del público y de los artistas que cancelaron sus shows fue el único acto de coherencia en esta tragedia. Demostraron que, incluso en el caos, hay líneas éticas que no deben cruzarse. Mientras los organizadores intentaban salvar su inversión, la audiencia defendió algo más valioso: la dignidad colectiva.
Bandemia deja una lección incómoda: en la era de los lineups espectaculares y el marketing emotivo, lo que realmente define un festival es cómo trata a su gente. La música puede sobrevivir a malos sonidos o retrasos, pero no sobrevive al menosprecio.
Quienes organizan eventos culturales deberían recordar que no están vendiendo solo boletos, sino la promesa de un espacio donde el arte y el respeto coexistan.
Hoy esa promesa quedó incumplida y solo esperamos que tanto organizadores como el gerente de operaciones de sala urbana se hagan responsables. Solo esperamos, una vez más, que se haga justicia.
