Monterrey se vistió de recuerdos, nostalgia y pura emoción con el regreso de Alejandro Sanz a la Arena Monterrey. Desde la entrada, los pasillos se convirtieron en una pasarela de camisetas con portadas de discos, frases icónicas y merch oficial que parecía testimonio vivo de tres décadas de música. El público, con bebidas en mano y la charla nerviosa de quienes saben que están a punto de vivir algo grande, aguardaba ese instante en el que la arena se convierte en un eco colectivo.
Diez minutos antes de las nueve, el tiempo se detuvo con los primeros acordes de ‘Desde cuando‘. En un atuendo sencillo —camiseta clara, cárdigan oscuro, guitarra al hombro— Sanz apareció entre imágenes de relojes y el saludo emocionado a Monterrey: ‘Qué alegría tan grande estar aquí, en esta tierra bendita del corazón. Lo vamos a dar toda esta noche para que cuando salgan digan: estuvo increíble’. Y lo cumplió.

Tengo tanto que aprender
La noche fue un viaje por distintas pieles de su música. ‘Capitán Tapón‘ y ‘La música no se toca‘ marcaron el arranque, seguidos por ‘Por bandera‘, ondeando la bandera mexicana como un guiño de paz y complicidad. Llegaron ‘Bésame‘, un arranque majestuoso de piano y saxofón para abrir paso a ‘Mi soledad y yo‘, y la presentación de sus músicos: una alineación de lujo con raíces de Canarias, Bosnia, Perú, Cuba, República Dominicana, el Bronx… un crisol musical al servicio de su voz.

En las pantallas aparecieron calles mexicanas adornadas con papel picado, cerraduras que abrían paso a ‘Quisiera ser’ y, entre confeti de colores, ‘Regálame la silla donde te esperé‘. El viaje incluyó salsa, flamenco, rock y ritmos urbanos, una mezcla tan natural como la forma en que Sanz sabe transformar cualquier escenario en confesionario.
Y llegó el turno de ‘Amiga mía‘. La arena se volvió íntima. Rostros de mujeres aparecían en las pantallas mientras Sanz, desde un escalón, se entregaba vulnerable. Tres décadas después de su estreno, sigue siendo un himno intergeneracional: consejo, desahogo y poema en una misma canción.

Alejandro Sanz en Monterrey, la inmensidad emocional
El público, fascinado, alternaba entre sentarse, pararse, encender linternas, sostener pancartas o simplemente dejarse llevar por los recuerdos. Porque a veces la voz se quiebra y solo los ojos saben cantar.
La noche avanzó con ‘Deja que te bese‘, ‘Cuando nadie me ve‘ entre imágenes rojizas y la gente proyectada en pantallas, ‘El alma al aire‘ con trombones y percusiones, ‘Aquello que me diste‘, ‘Yo te traigo‘, ‘No es lo mismo‘, y el juego de ‘me voy, pero regreso’ para coronar con ‘Y si fuera ella?‘, ‘¿Lo ves?‘ y el infaltable ‘Corazón partío‘.
Visuales de mares, ciudades, raíces suspendidas en el aire y bajos encendidos cerraron una velada que fue más que un concierto: fue un reencuentro con esa voz imperfecta y eterna que duele, sana, y nos recuerda por qué Alejandro Sanz es más que un cantante: es el narrador de nuestras vidas.
Texto por Argelia Cruz (@tintagrismx).
Fotos por Arqueles García (@arqueles).

